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Amados hermanos, congregación del Dios Altísimo, que la gracia de nuestro Señor Jesucristo, el amor del Padre y la comunión del Espíritu Santo sean con todos vosotros.

Hoy nos reunimos en un tiempo de gran confusión. Un tiempo que fue profetizado por nuestro Señor cuando, sentado en el Monte de los Olivos, sus discípulos le preguntaron: “¿Qué señal habrá de tu venida, y del fin del siglo?”. Y la primera palabra de Jesús, el primer mandamiento en este discurso escatológico, fue una advertencia solemne y clara: “Mirad que nadie os engañe” (Mateo 24:4).

En esta ocasión, quiero hablarles de un cáncer que carcome el cuerpo de Cristo en nuestros días. Quiero hablarles de la Apostasía y el abuso del evangelio. De cómo los charlatanes, vestidos de ovejas, engañan a muchos, y de cómo, debemos admitirlo con dolor, la misma iglesia, por su falta de compromiso, ha contribuido a que este engaño florezca.

No estamos hablando de un ataque frontal y obvio desde el mundo. Eso sería fácil de identificar y rechazar. Estamos hablando de algo más sutil, más peligroso: una erosión doctrinal que ocurre dentro de nuestras propias murallas. Es el mensaje que, como dice el apóstol Pablo, “halaga el oído” (2 Timoteo 4:3-4). Es el evangelio diluido, despojado de la cruz, vaciado de santidad y reducido a una mera herramienta de auto-realización humana.

El Engaño de los Charlatanes: El Evangelio de la Comodidad

Hermanos, miren a su alrededor. ¿Qué se predica en muchos púlpitos que se llaman a sí mismos cristianos? Ya no es el “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado” (Mateo 4:17). Ahora es: “Ven a Jesús y Él te hará próspero, te dará éxito y eliminará todo tu dolor”.

Estos charlatanes han creado un ídolo en lugar del Dios verdadero. Han reemplazado al Cristo sufriente del Gólgota por un genio cósmico que existe para cumplir nuestros caprichos. Niegan la autoridad de las Escrituras cuando ésta no se ajusta a su mensaje. Diluyen el concepto del pecado, llamándolo “errores” o “debilidades”, para no ofender a sus oyentes. Le quitan la centralidad a la cruz, porque la cruz habla de sacrificio, de renuncia, de sangre, y eso no vende.

El engaño de la prosperidad: “Si tienes fe suficiente, Dios está obligado a bendecirte materialmente”. Esto no es el evangelio; es magia pagana vestida de lenguaje cristiano. Convierte a Dios en un empleado celestial y la fe en una moneda de cambio.

El engaño de la autoayuda: “Jesús vino para darte tu mejor vida ahora”. Este mensaje centra todo en el hombre, en su felicidad, en su bienestar. El verdadero evangelio centra todo en Cristo y en su gloria.

El engaño de la gracia barata: “Puedes vivir como quieras, total, Dios te perdona”. Esto es un insulto a la sangre de Cristo, que no sólo perdona el pecado, sino que nos libera de su poder para que ya no vivamos más en él (Romanos 6:1-2).

Estos “ungidos”, estos “apóstoles” de la televisión y las redes sociales, son los atalayas silenciosos de los que hablaba Ezequiel. Ven venir la espada del juicio sobre el pueblo, ven la desviación, pero en lugar de dar la voz de alarma, cantan una canción de cuna para adormecer a las ovejas. Y Dios dice a Ezequiel: “Al malo haré morir por su maldad, pero su sangre demandaré de tu mano” (Ezequiel 33:8). ¡Qué responsabilidad más terrible!

La Complicidad del Pueblo: La Falta de Compromiso

Pero, hermanos, sería injusto echar toda la culpa a los charlatanes. La triste realidad es que estos falsos maestros existen y prosperan porque encuentran un terreno fértil. Encuentran una audiencia que, como profetizó Pablo, “no sufre la sana doctrina… y apartarán de la verdad el oído y se volverán a las fábulas” (2 Timoteo 4:3-4).

¿Cómo contribuye la misma gente a su propio engaño?

Por Pereza Espiritual: No escudriñan las Escrituras. Prefieren que les den la comida procesada y digerida en lugar de esforzarse por estudiar la Palabra por sí mismos, como los bereanos, quienes “escudriñaban cada día las Escrituras para ver si estas cosas eran así” (Hechos 17:11). Un cristiano que no lee su Biblia es un blanco fácil para cualquier error.

Por un Apetito Desordenado: Quieren oír lo que les gusta. Quieren un mensaje que no les condene, que no les desafíe, que no les llame a la santidad. Buscan “sentir” antes que “obedecer”. Quieren emoción, no transformación.

Por un Compromiso Superficial: Su relación con Cristo es transaccional. “Señor, te sigo por lo que puedo obtener de ti”, no “Señor, te sigo porque tú eres digno, aunque me cueste la vida”. Este es el corazón de la apostasía, el abandono de la fe genuina. Profesan a Dios con sus labios, pero con sus obras lo niegan (Tito 1:16).

Conclusión: El Llamado a Ser Atalayas Fieles

Frente a esta realidad, ¿cuál debe ser nuestra respuesta? El texto que nos guía hoy nos da el mandato: “Redarguye, reprende, exhorta con toda paciencia y doctrina” (2 Timoteo 4:2).

No podemos ser espectadores. No podemos callar por temor a ser llamados “intolerantes” o “juzgones”. El amor verdadero, el amor que Cristo tiene por su iglesia, no se queda callado cuando ve a un hermano caminando hacia un precipicio.

Para los que predican: Prediquen la Palabra. Toda la Palabra. Prediquen la cruz, prediquen el arrepentimiento, prediquen la santidad, prediquen la gracia que transforma. No reduzcan el evangelio a un eslogan vacío.

Para los que oyen: Sean bereanos. Examínenlo todo. Retengan lo bueno. No se dejen llevar por la elocuencia o los shows emocionales. Pongan todo a la luz de las Escrituras.

Para todos: Comprométanse con el evangelio auténtico. Un evangelio que nos llama a tomar nuestra cruz y seguir a Cristo. Un evangelio que duele, que purifica, que humilla, pero que también salva, restaura y da vida eterna.

Hermanos, “Mirad que nadie os engañe”. El buen pastor dio su vida por las ovejas. Él no vino para ser servido, sino para servir y para dar su vida en rescate por muchos. Ese es el evangelio. Cualquier mensaje que quite la centralidad de la cruz, que diluya el pecado o que exalte al hombre por encima de Cristo, es un engaño.

Levantémonos como atalayas fieles en este tiempo de confusión. Con voz clara, valiente y llena de amor, guiemos al rebaño de vuelta a la Sana Doctrina, a los pies del Salvador crucificado y resucitado. Porque solo allí hay verdadera esperanza, solo allí hay salvación. Amén.

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