Desmontando el mito: Estados Unidos no es, ni ha sido nunca, una nación cristiana

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En el debate público y en ciertos púlpitos, resuena con fuerza la afirmación de que Estados Unidos fue fundado como una nación cristiana y que su identidad nacional está consagrada bajo el sello divino. Sin embargo, sostener esta idea no solo es un error histórico, sino una distorsión peligrosa del Evangelio. Una inmersión honesta en los archivos de la historia y en las entrañas de las Escrituras nos revela una verdad incómoda e innegable pero necesaria: el ADN de esta nación está tejido con hilos de violencia estructural, opresión racial y una falsa interpretación de la teología bíblica secuestrada por intereses políticos y económicos que permanecen vivos y en el poder hasta el dia de hoy.

El costo humano del “Destino Manifiesto”

Muchos de los primeros colonos y líderes fundadores operaron bajo la ideología (No Teología Bíblica) del “Destino Manifiesto”. Pero cuando escuchamos esa frase, debemos llamar a las cosas por su nombre: no se trataba de la providencia divina, sino de un nacionalismo “cristiano” blanco que utilizó la Biblia como un arma de conquista. Esta corriente teológica racista, excluyente y propagadora de odio, justificó las matanzas sistemáticas y los desplazamientos forzados de las naciones nativas americanas.

Los datos son estremecedores. Antes del contacto europeo, se estima que la población indígena en el territorio que hoy ocupa Estados Unidos rondaba los 10 a 20 millones de personas. Para finales del siglo XIX, esa cifra se había desplomado a menos de 250,000 habitantes nativos. ¿Fue esto una casualidad o un proceso biológico? No. Fue una política deliberada de exterminio y terra razada de limpieza étnica, respaldada por tratados rotos, guerras sucias y masacres como la de Sand Creek (1864) o Wounded Knee (1890), donde el ejército estadounidense asesinó a cientos de indígenas desarmados, incluyendo mujeres y niños, mientras los capellanes militares bendecían las operaciones. Destruyeron culturas completas, lenguas enteras y cosmovisiones ancestrales, todo bajo la falsa premisa de estar “civilizando” y “cristianizando” a los pueblos que consideraban salvajes. Pero estas atrocidades no fueron exclusivas del “Protestantismo Nacionalista Blanco” estadounidense. La Iglesia Católica Romana también cometió crímenes similares a lo largo de su historia, imponiendo el cristianismo por medio de la espada, la hoguera y la coerción política en territorios de América, África y Asia. La Inquisición, las cruzadas y las encomiendas son ejemplos dolorosos de cómo una institución eclesiástica puede secuestrar el nombre de Dios para justificar la violencia y el control territorial.

Sin embargo, ninguna de estas prácticas tiene cabida en el verdadero mensaje del Evangelio de Jesucristo. El Reino que Jesús proclamó no se edifica con armas ni con poder imperial, sino con Verdad, Amor, Humildad, Misericordia y Gracia. Jesús no vino a conquistar territorios ni a someter pueblos; vino a libertar a los cautivos, a sanar corazones rotos y a anunciar buenas nuevas a los pobres. La iglesia es llamada a ser portadora de estos valores divinos, no a imponerlos por la fuerza, sino a encarnarlos en servicio y entrega. Cualquier forma de cristianismo que utilice la violencia para expandirse es una herejía que traiciona el corazón mismo del Evangelio.

Es por eso que con todos estos engendros del demonio que pretenden ser los portadores del “evangelio del Señor”, podemos entonces hacernos la pregunta: ¿Dónde queda aquí el mandato de Jesús de amar al prójimo como a uno mismo?

La esclavitud: el pecado original con argumentos bíblicos

Pero la otra cara de la moneda es aún más oscura. Mientras los padres fundadores de los Estados Unidos anotaban en la Declaración de Independencia que “todos los hombres son creados iguales”, más de 600,000 almas africanas eran embarcadas en condiciones infrahumanas hacia las costas americanas. La esclavitud no fue un accidente histórico; fue el motor económico que edificó la riqueza del sur y financió las industrias del norte. Y lo que duele reconocer es que muchos líderes eclesiásticos de la época defendieron este sistema con argumentos exegéticos.

“Ministros” como George D. Armstrong o Richard Furman, presidente de la Convención Bautista de Carolina del Sur, escribieron tratados donde afirmaban que la esclavitud era una institución divinamente ordenada. Apelaban al “pecado de Cam” (Génesis 9) para justificar la sumisión perpetua de los africanos, y citaban las epístolas de Pablo para argumentar que los siervos debían obedecer a sus amos. Esta interpretación blasfema y racista de las Escrituras convirtió los púlpitos en trincheras de opresión. Durante casi 250 años, se predicó un evangelio mutilado que condenaba a los negros a la servidumbre eterna mientras se les negaba el derecho a leer la Biblia por sí mismos.

La contradicción fundacional: Libertad con una mano y cadenas con la otra

No podemos negar el anhelo legítimo de libertad religiosa que impulsó a muchos peregrinos a cruzar el Atlántico. Hombres y mujeres soñaron con una tierra donde se pudiera adorar a Dios sin cadenas; esa chispa de libertad encendió una llama que ha iluminado a millones. Pero tampoco podemos ignorar la otra cara de la moneda. Esa misma nación fue construida sobre terreno fértil para la iniquidad. La idolatría al dinero, al poder y a la tierra ya estaba echando raíces profundas.

Así nació Estados Unidos: con una mano levantada hacia el cielo declarando libertad, y la otra mano apretando cadenas. No fue un paraíso, fue un campo de batalla entre la luz y las tinieblas. Y en medio de esa contradicción, Dios tuvo misericordia y permitió que esta nación creciera, se transformara, llorara sus guerras civiles (con más de 675,000 muertos), luchara por los derechos civiles y, en muchos aspectos, avanzara hacia una conciencia más justa. Sin embargo, reconocer esos avances no nos exime de confesar los pecados estructurales que persisten en el ADN nacional.

El Evangelio de Lucas vs. el cristianismo nacionalista

Aquí radica el punto teológico central que no podemos pasar por alto. Cuando Jesús se levantó en la sinagoga de Nazaret y leyó el rollo de Isaías, proclamó su manifiesto espiritual: “El Espíritu del Señor está sobre mí, Por cuanto me ha ungido para dar buenas nuevas a los pobres; Me ha enviado a sanar a los quebrantados de corazón; A pregonar libertad a los cautivos, Y vista a los ciegos; A poner en libertad a los oprimidos” (Lucas 4:18). El programa de vida de Cristo es radicalmente opuesto al “nacionalismo cristiano”. Jesús puso en el centro del Reino a los débiles, los vulnerables y los marginados. Su mensaje es inclusivo, pacífico, sanador y liberador.

El “cristianismo” que bendijo el Destino Manifiesto, que justificó la esclavitud y que hoy promueve políticas de exclusión en nombre de Dios, no es el cristianismo de los evangelios. Es una herejía con vestiduras religiosas. Es un ídolo construido a imagen y semejanza de los poderes del mundo y de turno.

Conclusión: Un llamado a la honestidad y a la verdadera fe

Reconocer que Estados Unidos nunca ha sido una nación cristiana no es un acto anti-patriótico; es un acto de honestidad histórica y fidelidad evangélica. Distinguir entre la manipulación religiosa que busca poder y el auténtico evangelio que busca justicia es nuestro deber como creyentes. Hoy, el Espíritu nos sigue llamando a llevar buenas nuevas a los pobres, a romper con las cadenas de los oprimidos y a sanar las heridas de un pasado que aún sangra. Debemos confrontar esta narrativa distorsionada y abrazar el verdadero mensaje de Cristo: un amor sin exclusiones, un perdón sin condiciones y una justicia que restaura culturas, perdona pecados y reconstruye puentes donde antes hubo muros.

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