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El mensaje central del evangelio de la prosperidad —que promete éxito material y bienestar económico como consecuencia inevitable de la fe— representa una peligrosa distorsión del cristianismo bíblico. Este enfoque reduce a Dios a un mero instrumento para la realización de deseos humanos, invirtiendo la relación propia del creyente con el Creador. La Escritura, por el contrario, presenta un camino radicalmente diferente: la santidad precede a la bendición, y la cruz es el prerrequisito indispensable para la corona.
La Naturaleza del Engaño: Un dios Domesticado
El engaño fundamental reside en crear una divinidad a nuestra imagen y semejanza, un “genio celestial” cuyo propósito principal es satisfacer nuestras ambiciones terrenales. Esto contradice abiertamente la soberanía de Dios revelada en Job 38-41, donde el Señor interroga a Job desde el torbellino, recordándole quién es el Creador y quién la criatura.
“Porque mis pensamientos no son vuestros pensamientos, ni vuestros caminos, dijo Jehová. Como son más altos los cielos que la tierra, así son mis caminos más altos que vuestros caminos, y mis pensamientos más que vuestros pensamientos” (Isaías 55:8-9).
El fenómeno de los “avivamientos” centrados en manifestaciones espectaculares y promesas de milagros económicos, donde la fe se comercializa como un producto que garantiza retorno de inversión convierte a ese evangelio en un anatema. La relación con Dios se convierte en transaccional, no relacional.
El Verdadero Evangelio: Cruz antes que Corona
El camino de Cristo establece un paradigma inverso al de la prosperidad mundana. La glorificación está precedida necesariamente por la humillación; la resurrección, por la cruz.
“Y él decía a todos: Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz cada día y sígame. Porque todo el que quiera salvar su vida, la perderá; y todo el que pierda su vida por causa de mí, éste la salvará” (Lucas 9:23-24).
“Haya, pues, en vosotros este sentir que hubo también en Cristo Jesús, el cual, siendo en forma de Dios, no estimó el ser igual a Dios como cosa a que aferrarse, sino que se despojó a sí mismo, tomando forma de siervo, hecho semejante a los hombres” (Filipenses 2:5-7).
La persecución de cristianos en diversas partes del mundo, quienes enfrentan pobreza, ostracismo y muerte por mantenerse fieles. Su testimonio no es de riqueza material, sino de una riqueza espiritual que se fortalece en la adversidad, siguiendo el modelo de las iglesias del primer siglo y de Cristo mismo.
La Prioridad Correcta: Santidad antes que Prosperidad
Dios no está primordialmente interesado en nuestra comodidad, sino en nuestro carácter. Su obra maestra no es un creyente próspero, sino un creyente santo, conformado a la imagen de Su Hijo.
“Seguid la paz con todos, y la santidad, sin la cual nadie verá al Señor” (Hebreos 12:14).
“Como aquel que os llamó es santo, sed también vosotros santos en toda vuestra manera de vivir; porque escrito está: Sed santos, porque yo soy santo” (1 Pedro 1:15-16).
La crisis de integridad en líderes evangélicos, donde escándalos financieros y morales surgen a menudo de ministerios que priorizan el crecimiento, la influencia y la riqueza sobre la santidad personal y la rendición de cuentas. Esto demuestra la consecuencia de invertir el orden divino.
La Pregunta Fundamental: ¿Ganar el Mundo o Salvar el Alma?
Jesús plantea la pregunta más crucial de la existencia, que desenmascara la futilidad última de la prosperidad sin Dios.
“Porque ¿qué aprovechará al hombre si ganare todo el mundo, y perdiere su alma? ¿O qué recompensa dará el hombre por su alma?” (Marcos 8:36-37).
Existe hoy una epidemia de vacío existencial y depresión en las sociedades materialmente más avanzadas. Personas que lo “tienen todo” —riqueza, fama, posesiones— pero viven en una profunda desesperanza, confirmando que el alma humana no se satisface con bienes creados, sino solo con el Creador.
La Promesa Verdadera: El Orden Correcto de la Provisión
La famosa promesa de Mateo 6:33 no es una fórmula mágica para la riqueza, sino una reorientación radical de las prioridades de la vida.
“Mas buscad primeramente el reino de Dios y su justicia, y todas estas cosas os serán añadidas” (Mateo 6:33).
El contexto inmediato (Mateo 6:19-34) es una advertencia contra la ansiedad por las posesiones materiales y una exhortación a confiar en el cuidado providente del Padre. “Todas estas cosas” se refiere a lo básico para la vida (comida, bebida, vestido), no a lujos o riquezas acumuladas. La promesa es de provisión para la misión, no de opulencia para el placer.
Hay ejemplos de misioneros y creyentes en contextos de pobreza que experimentan la fidelidad de Dios para suplir sus necesidades diarias, permitiéndoles enfocarse en su labor espiritual. Su testimonio no es de abundancia material, sino de una paz y un contentamiento que trasciende las circunstancias.
Conclusión: La Riqueza Suprema
El apóstol Pablo, quien supo lo que era tener abundancia y padecer necesidad, resume la verdadera riqueza del creyente:
“Y aún más, todo lo estimo como pérdida por la excelencia del conocimiento de Cristo Jesús, mi Señor. Por amor a él lo he perdido todo y lo tengo por estiércol, para ganar a Cristo” (Filipenses 3:8).
La prosperidad del evangelio auténtico no se mide en cuentas bancarias, sino en la profundidad de la relación con Cristo. La santidad es el proceso de ser liberados del amor al mundo para poder amar apasionadamente a Dios. En un mundo obsesionado con el tener, el cristiano está llamado a una revolución del ser: ser como Cristo. Esta es la única prosperidad que no se corrompe, que no puede ser robada, y que dura para siempre.



