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Por William Osmar Chamagua

En un mundo donde el poder suele confundirse con virtud, es necesario recordar que la verdadera fortaleza de un hombre no radica en su control sobre ejércitos, economías o gobiernos, sino en la fuerza de su carácter, su integridad y su capacidad de liderar con humildad. En este contexto, tres figuras contemporáneas con gran influencia global —Donald J. Trump, Elon Musk y Nayib Bukele— representan, paradójicamente, una profunda debilidad moral disfrazada de fortaleza.

El falso poder

Trump, Musk y Bukele concentran tres de las formas más visibles de poder:

  • Trump, con su influencia política persistente como ex presidente de Estados Unidos y actual presidente de la nación.
  • Musk, con su dominio en el ámbito económico y tecnológico, desde Tesla y SpaceX hasta su cuestionada gestión de X (antes Twitter).
  • Bukele, quien ha militarizado la política salvadoreña y consolidado un poder absoluto bajo el argumento de la “guerra contra las pandillas” y su famoso “Estado de Excepción”.

Sin embargo, el comportamiento de estos tres “líderes” refleja una fragilidad, debilidad moral absoluta: egocentrismo, desprecio por los derechos fundamentales de la persona humana y una peligrosa tendencia al autoritarismo y al “enseñoreamiento” de los pueblos, algo que Jesucristo el Señor advirtió explícitamente a sus discípulos que no hicieran (Mateo 20:25-28).

Liderazgo sin compasión

El liderazgo cristiano —y humanamente ético— no se ejerce desde la altivez ni la opresión. Como dice el Evangelio:

“El que quiera hacerse grande entre vosotros será vuestro servidor” (Mateo 20:26).

Los verdaderos líderes son humildes, honestos y valientes de espíritu. Hablan con verdad, protegen al débil y guían con sabiduría. Lejos de ser autoritarios, inspiran. Lejos de manipular, liberan.

Ansias de controlar más allá de sus fronteras

Lo más preocupante es que estos tres hombres no se conforman con controlar sus propios territorios. Trump ha mostrado ambiciones geopolíticas desmedidas, como cuando en 2019 propuso la compra de Groenlandia, generando una reacción diplomática severa por parte de Dinamarca. Este es un tema que en los últimos meses ha acaparado la atención mundial pues lo ha repetido incesantemente.

Musk, por su parte, ha promovido ideas polémicas de ultraderecha que rayan con el Nazismo y el Fascismo y que involucran la vida pública de otros países, como sus comentarios sobre la guerra en Ucrania o sus propuestas sobre Taiwán, provocando tensión diplomática.

Bukele, mientras tanto, ha extendido su influencia más allá de El Salvador al proponerle a Trump un acuerdo oscuro y polémico: recibir presos estadounidenses, ciudadanos e indocumentados, muchos inocentes sin haber sido vencidos en juicio, a cambio de dinero, ofreciéndoles encierro en el CECOT (Centro de Confinamiento del Terrorismo), una megacárcel criticada internacionalmente por sus condiciones inhumanas.

CECOT: de símbolo de orden a cámara de injusticia

Lo que comenzó como una medida de emergencia contra las pandillas salvadoreñas ha evolucionado en una institución cuestionada por detenciones arbitrarias, procesos judiciales nulos y ahora, según denuncias extraoficiales, el encarcelamiento de migrantes indocumentados que jamás cometieron delitos en territorio salvadoreño.

Familias completas habrían sido capturadas bajo acuerdos opacos entre gobiernos. Personas cuyo único “crimen” fue haber sido deportadas de Estados Unidos por no contar con documentos legales para su estadía en el país, ahora enfrentan reclusión sin defensa legal ni acceso a sus derechos básicos.

El riesgo de ser usado… y descartado

La historia está llena de advertencias. Donald Trump ha utilizado y descartado a colaboradores clave una y otra vez:

  • Michael Cohen, su exabogado, terminó preso.
  • John Bolton, su exasesor de seguridad, fue humillado públicamente.
  • Rudolph Giuliani, otrora símbolo de poder, ahora enfrenta cargos judiciales y abandono político.

Bukele, al aliarse con Trump bajo lógicas puramente transaccionales, podría estar jugando un papel que luego será desechado, cargando con las consecuencias legales y morales de haber violado derechos humanos bajo el disfraz de “cooperación internacional”.

¿Repetir la historia?

Dice el refrán: “Quien olvida la historia, está condenado a repetirla.”
El Salvador ha vivido décadas de represión, abusos y dictaduras. El peligro actual es que, en nombre del “orden”, se imponga una nueva tiranía: más silenciosa, más tecnológica, pero igual de destructiva.

Conclusión

El poder sin virtud es destrucción.
El liderazgo sin humildad es tiranía.
El mundo no necesita más hombres ricos, armados o populares. Necesita hombres justos, mansos de espíritu, servidores verdaderos. Hombres como aquellos de los que habló Cristo:

“Bienaventurados los mansos, porque ellos heredarán la tierra.” (Mateo 5:5)

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