|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Queridos hermanos, familiares y amigos de nuestras redes sociales:
En este tiempo en que el mundo celebra la Navidad, nos unimos a ustedes no solo con un “Feliz Navidad”, sino con una bendición profunda en el Nombre de Jesús, cuyo nacimiento conmemoramos, aun estando claros que no es esta la fecha real de su nacimiento.
Con todo eso, la Navidad nos recuerda la fragilidad de la vida humana. El mismo Hijo de Dios nació en la vulnerabilidad de un pesebre, en medio del peligro y la incomprensión. Como nos enseñó el Apostol Santiago (medio hermano en la carne del Señor Jesucristo): “¿Qué es vuestra vida? Ciertamente es neblina que aparece por un poco de tiempo, y luego se desvanece” (Santiago 4:14). Este año, muchos hemos experimentado de cerca esta verdad, al despedir a seres amados que partieron a la presencia del Señor. Muchos de nuestros padres (incluyendo el mio, Ramon Chamagua-Osegueda), madres, hermanas, hijos (as), seres queridos y amigos se nos adelantaron en ese viaje eterno. La sombra de la muerte nos ha visitado, de una o de otra manera a todos, recordándonos que somos polvo, y al polvo volveremos.
Pero precisamente en esta fragilidad brilla con más fuerza la esperanza de la Navidad. Porque Dios no envió a un ángel, ni un mensaje, sino a Su propio Hijo a habitar entre nosotros. La eternidad se vistió de temporalidad. El Creador se hizo criatura. El Inmortal asumió nuestra mortalidad. ¡Qué misterio de amor! “Y el Verbo se hizo carne, y habitó entre nosotros” (Juan 1:14).
La misma debilidad del niño en el pesebre era la fortaleza de Dios para nuestra salvación. Por eso, aunque la muerte sea una realidad ineludible, no tiene la última palabra para quienes estamos en Cristo. Él nació para morir, y murió para resucitar. Como declaró triunfante el apóstol Pablo: “¿Dónde está, oh muerte, tu aguijón? ¿Dónde, oh sepulcro, tu victoria? […] Mas gracias sean dadas a Dios, que nos da la victoria por medio de nuestro Señor Jesucristo” (1 Corintios 15:55-57).
Esta Navidad, en medio de posibles vacíos, pérdidas o sombras:
- Recordemos que Jesús es Emanuel, “Dios con nosotros”, aún en el valle de sombra de muerte.
- Afirmemos que la tumba vacía es la respuesta final al pesebre humilde.
- Creamos que nuestros seres amados en Cristo no están perdidos, sino llegados a puerto seguro.
- Esperemos con gozo el día en que la muerte será absorbida por la vida eterna.
Que esta celebración no sea solo nostalgia por lo que fue, sino esperanza viva por lo que será. Porque el mismo Niño que nació en Belén volverá como Rey de reyes, y “enjugará toda lágrima de los ojos de ellos; y ya no habrá muerte, ni habrá más llanto, ni clamor, ni dolor; porque las primeras cosas pasaron” (Apocalipsis 21:4).
Les deseamos una Navidad anclada en esta esperanza inquebrantable. Que el Pesebre les recuerde la humildad de nuestro Salvador, la Cruz su amor sacrificial, y la Resurrección de su victoria sobre toda fragilidad y muerte.
¡Cristo nació para nuestra redención! ¡Cristo murió para nuestro perdón! ¡Cristo resucitó para nuestra esperanza! ¡Cristo vive para nuestra compañía eterna!
Con amor y oración en este tiempo sagrado,
En el Nombre que es sobre todo nombre, Jesús, Emanuel, Dios con nosotros.
“Y dará a luz un hijo, y llamarás su nombre Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados.” — Mateo 1:21



