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Fe • Familia • Esperanza | PastorChamagua.com

Se ha dicho desde tiempos inmemoriales que los ojos son las ventanas del alma. Pero esta afirmación, por hermosa que sea, se queda corta ante la maravillosa verdad que encierra. Los ojos no son meros ventanales desde donde asomarse al interior del ser; son mucho más que eso. Son el espejo fiel donde el alma se refleja sin disfraces, donde la verdad del ser se manifiesta en su estado más puro.

Observa con atención los ojos de quienes te rodean y aprenderás a leer el libro más sincero que jamás haya sido escrito. En ellos no existen máscaras ni disfraces. Cuando la felicidad anida en el corazón, los ojos brillan con una luz propia, como pequeñas estrellas que han decidido bajar a la tierra para iluminar el camino. Esa luz no puede fingirse, porque nace desde lo más profundo del ser y se derrama hacia el exterior sin pedir permiso, como un río que encuentra su cauce natural.

Más cuando la tristeza hace morada en el alma, los ojos se apagan. No es que pierdan su capacidad de ver, sino que su brillo se atenúa como el crepúsculo cuando la noche se acerca. Se vuelven como lagos en calma, quietos y profundos, donde la melancolía flota en la superficie. Y aunque quien los posea intente ocultar su pena, los ojos traicionan el esfuerzo y muestran sin piedad el dolor que habita en el interior.

¿Y qué decir de la cólera? Cuando el enojo se apodera de nosotros, los ojos se enturbian. Es como si una tormenta se gestara en ellos, nubes oscuras que anuncian el vendaval. Se vuelven opacos, perdidos en su propia furia, y quien los mira puede sentir la tempestad que se aproxima. No hay palabra que pueda ocultar lo que esos ojos revelan.

Pero quizás el espectáculo más hermoso sea contemplar unos ojos enamorados. Se iluminan entonces como las estrellas más brillantes en la noche más clara. Adquieren un resplandor especial, como si el mismo universo hubiera decidido posarse en ellos. Cada mirada es un poema, cada parpadeo una declaración, cada destello una promesa eterna.

Porque los ojos, amigos míos, son el reflejo fiel de todo lo que el alma piensa, siente y experimenta. Son los testigos mudos de nuestro viaje por la vida. Han visto nuestras alegrías más puras y nuestras tristezas más hondas. Han sido cómplices de nuestros amores y testigos de nuestras derrotas. Y ellos, sin emitir palabra alguna, lo expresan todo con la elocuencia del silencio.

Aprendamos, pues, a mirar con los ojos del alma y a leer en los ojos de los demás. Porque en esa mirada sincera, en ese destello fugaz, en ese brillo o en ese apagamiento, se encuentra la verdad más profunda del ser humano. Los ojos no mienten, porque el alma tampoco puede hacerlo. Son el puente entre lo que somos y lo que mostramos, la conexión entre nuestro mundo interior y la realidad que nos rodea.

Cuando encuentres unos ojos brillantes, alégrate con quien los posee y comparte su luz sin pedir nada a cambio. Cuando veas unos ojos apagados, ofrece tu compañía y tu escucha, porque quizás necesite de tu luz para volver a encender la suya. Si ves unos ojos enturbiados, ten paciencia y comprensión, porque la tormenta siempre pasa y deja el cielo más despejado. Y si encuentras unos ojos iluminados como estrellas, cuídalos y protégelos, porque has tenido la fortuna de encontrar un alma que brilla con luz propia.

Al final de nuestros días, cuando hagamos balance de nuestra existencia, no recordaremos tanto lo que dijimos o hicimos, sino aquello que nuestros ojos reflejaron. Porque los ojos son el lenguaje más sincero que poseemos, el único que no sabe de engaños ni falsedades. Son el espejo del alma, sí, pero también son su voz más auténtica. Escuchemos lo que nos dicen, aprendamos a leer en ellos, y descubriremos que cada mirada es un universo entero esperando ser comprendido.

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