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En este artículo, haremos un paralelo entre el racismo institucionalizado del nazismo y la hoy retórica antiinmigrante de Trump y su gente.

La historia tiene una peligrosa tendencia a repetirse cuando las sociedades olvidan sus lecciones más oscuras. En la década de 1930, Adolf Hitler y el régimen nazi identificaron a los judíos como la fuente de todos los males de Alemania: eran “indeseables”, una amenaza para la pureza racial y el bienestar económico. El slogan de Hitler y los Nazis fue: MAKE GERMANY GREAT AGAIN (¿les suena conocido?). Bajo el mandato de Donald Trump en Estados Unidos, los inmigrantes indocumentados ocupan un lugar similar al de los Judios en la década de los años treintas en Alemania en el discurso político: criminalizados, deshumanizados y señalados como chivos expiatorios de los problemas sociales y económicos de los Estados Unidos de hoy.

El paralelo no es casual. Tanto el nazismo como la retórica trumpista representada en MAGA se basan en la exclusión, el racismo y la construcción de un enemigo interno al que se puede culpar de todo problema y de todo mal. Hitler promovió las Leyes de Núremberg, que despojaron a los judíos de sus derechos civiles; Trump impulsa políticas de “tolerancia cero” que separan familias y encierran a niños y ancianos en jaulas. Hoy, inclusive, en el estado de La Florida están construyendo una cárcel para “ilegales criminales” que será llamada “Alligator Alcatraz” para que a ningún “criminal ilegal” se le vaya a ocurrir escapar.  En ambos casos, el de Hitler y hoy el de Trump, la maquinaria estatal es utilizada para perseguir a minorías vulnerables bajo el pretexto de la seguridad nacional.

La Iglesia y la sociedad: cómplices silenciosos

Uno de los aspectos más alarmantes de estos regímenes es cómo gran parte de la sociedad —incluyendo instituciones que deberían defender la dignidad humana, como la Iglesia— optan por el silencio o la complicidad. Durante el Holocausto, muchas iglesias en Alemania callaron ante la persecución judía, y algunas incluso justificaron el antisemitismo. En la era Trump, líderes religiosos evangélicos apoyaron masivamente sus políticas antiinmigrantes, a pesar de que contradicen principios cristianos básicos como el amor al prójimo y la protección de los más vulnerables.

El filósofo George Santayana advirtió: “Aquellos que no recuerdan el pasado están condenados a repetirlo”. Hoy, mientras algunos sectores políticos en Estados Unidos y otras partes del mundo vuelven a estigmatizar a minorías —ya sean inmigrantes o minorías en general—, es crucial recordar adónde llevan estos caminos de odio, racismo y exclusión.

El peligro de normalizar el odio

La deshumanización no ocurre de la noche a la mañana. Comienza con palabras: “infestan nuestro país”, “son criminales y los vamos a cazar”, “no son de los nuestros”. Luego vienen las políticas de odio y exclusión: luego los muros, las deportaciones masivas, los campos de concentración y detención. Y finalmente, si no hay resistencia, se llega a lo impensable, el asesinato masivo y el holocausto.

La sociedad no puede permitirse otra vez caer en la indiferencia. La Iglesia, los medios, los educadores y todos los ciudadanos tenemos la obligación moral de alzar la voz antes de que la exclusión se convierta en exterminio. Porque cuando un grupo es declarado “indeseable”, como nuestros hermanos indocumentados lo están siendo hoy, ningún otro grupo está realmente a salvo.

El camino del olvido es el camino hacia la barbarie y los crímenes de lesa humanidad. Y la historia, aunque a veces no queramos verlo, ya nos ha mostrado cómo termina.

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