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En el intrincado tejido de nuestro mundo, las ironías y contradicciones se manifiestan de manera sorprendente. Un ejemplo evidente de esta paradoja se observa en aquellos que desestiman el evangelio de Jesucristo durante toda su vida, pero al enfrentarse a la proximidad de la muerte, súbitamente anhelan la salvación y el cielo. Este fenómeno, revelador de la complejidad de la naturaleza humana, se refleja claramente en los funerales.
En numerosas ocasiones, hemos presenciado la peculiaridad de la percepción post mortem. Es común escuchar expresiones como \”no hay muerto malo\” o \”ningún difunto termina en el infierno\”. Resulta irónico que, a pesar de que la persona fallecida pudo haber menospreciado a Dios con sus acciones, pensamientos y actitudes, en su funeral nadie se atreve a sugerir que ha ido al infierno. Más bien, los familiares y amigos optan por expresar deseos de paz y elevan frases como \”Dios en su gloria lo tenga\”. Este comportamiento resalta la complejidad de las creencias y prácticas sociales en torno a la muerte y la espiritualidad; sin dejar de lado, claro está, la negación humana que falla aceptar inclusive, su propia realidad llena de maldad, pecado y desobediencia generalizada.
A lo largo de la existencia, la humanidad tiende a ignorar los sabios consejos y las enseñanzas que las Escrituras nos ofrecen. Sin embargo, cuando se halla en situaciones sin salida, cuando toca fondo y la desesperación se apodera, el ser humano busca la ayuda de Dios, un refugio divino en momentos críticos.
Es intrigante observar cómo, mientras goza de salud, riqueza, familia o aparente independencia, la mayoría desatiende la búsqueda de Dios. La persona promedio, en su cotidianidad, pospone o evita la reflexión espiritual cuando se encuentra en la cima de sus capacidades y comodidades. Sin embargo, en tiempos de necesidad, la perspectiva cambia dramáticamente.
La paradoja radica en que la humanidad a menudo despierta espiritualmente cuando la prosperidad se desvanece, los recursos se agotan y la salud desaparece. Este comportamiento revela la tendencia de confiar en uno mismo mientras todo está bajo control, pero recurrir a la divinidad en medio de la vulnerabilidad. Es un recordatorio de la fragilidad humana y la necesidad constante de una conexión espiritual, incluso en tiempos de bonanza.
La ironía persiste: el ser humano puede vivir gran parte de su existencia apartado de Dios, pero cuando las adversidades aprietan, la búsqueda de lo trascendental se vuelve apremiante. Este fenómeno destaca la importancia de cultivar una relación continua con lo divino, no sólo en las crisis, sino también en la plenitud de la vida diaria. La búsqueda constante de Dios, independientemente de las circunstancias, ofrece un camino más equilibrado y significativo en este viaje llamado vida.
Todo esto nos trae a nuestro pensamiento central de este día: ¿Por qué el mundo odia a Jesús?
Hoy nos sumergimos en el profundo significado de por qué el mundo odia a nuestro Señor Jesucristo, a pesar de sus maravillosas obras. Encontramos respuestas claras en el Evangelio según San Juan, capítulos 7 y 15.
Primero, reflexionemos sobre las obras benevolentes de Jesús. El mundo no lo odia por sanar a los enfermos, caminar sobre las aguas, sanar leprosos, alimentar multitudes, llorar por el pueblo o por haber nacido de la manera más humilde en Belén de Judea. En realidad Jesús el Señor no es odiado por por su origen terrenal, por su infancia en Nazaret o por ser conocido como el hijo del carpintero. No, la verdad del odio al Señor es más simple y más directa, el mundo odia a Jesús porque Jesús testifica que las obras del mundo son malas. Lo odian porque Jesús rehúsa ser parte de sus delitos y pecados. Lo odian porque Jesús no participa de sus borracheras, orgías, adulterios, idolatrías y corrupción generalizada. Lo odian porque Jesus no tolera la injusticia y jamás estará de acuerdo con la carnalidad y deseos mundanos del hombre. Lo odian porque jamás les diría que sí a sus mentiras, a su hipocresía, a sus envidias, a su avaricia, ese es el meollo del asunto y la razón central del por qué el mundo odia a Jesús de Nazaret; porque él no es de este mundo y no practica el pecado del mundo. Todo lo contrario, nos llama al arrepentimiento que simplemente significa un cambio de pensamiento. En Mateo, capítulo 3 verso 2 leemos: “Arrepentíos, porque el reino de los cielos se ha acercado.”
En San Juan, capítulo 7, versos 1 al 7, vemos cómo Jesús se enfrenta a la hostilidad mientras camina en Galilea, evitando Judea, donde los judíos buscan matarlo. Sus propios hermanos le instan a mostrar sus obras públicamente, pero Jesús revela que su tiempo aún no ha llegado. Es el mismo Señor Jesus quien declara la razón por la cual el mundo lo detesta: “el mundo lo aborrece porque él testifica que sus obras son malas.”
Se han fijado ustedes como nada ha cambiado hasta el día de hoy, sucede exactamente lo mismo. ¿Cuántas personas son perseguidas en el mundo por la verdad?, ¿a cuantos defensores de los pobres han asesinado por pedir públicamente justicia? ¿Cuánta sangre han derramado los poderosos en los gobiernos del mundo con tal de mantenerse en la silla del poder? ¿Cuánto se han enriquecido injustamente con el sudor y la sangre de los débiles?
Los seres humanos, debido a su naturaleza pecaminosa, participan en diversas formas de pecado en el mundo. Les presento algunos ejemplos que reflejan la variedad de comportamientos pecaminosos:
Mentira: Falsedad en las palabras y acciones, engañando a otros para obtener beneficios personales.
Codicia: Obsesión por la riqueza y la posesión material, incluso a expensas de otros.
Lujuria: Búsqueda de gratificación sexual fuera de los límites establecidos por Dios, como la promiscuidad y la pornografía.
La Ira y el Odio: Albergar resentimientos, enojarse sin causa justa y buscar venganza.
Envidia: Deseo desmedido por las posesiones, éxitos o cualidades de otros, llevando a sentimientos negativos y actitudes competitivas.
Orgullo: Arrogancia y exaltación propia, menospreciando a otros y negándose a reconocer la necesidad de Dios.
Robo: Apropiación indebida de la propiedad de otros, ya sea física o intelectualmente.
Violencia: Participación en actos de violencia física o verbal, causando daño a otros.
Injusticia Social: Contribuir o beneficiarse de sistemas que oprimen a otros, como la discriminación y la explotación.
Idolatría: Dar excesiva importancia a objetos, personas o metas terrenales en lugar de centrarse en Dios.
Chismes: Divulgación irresponsable de información, a menudo dañina, acerca de la vida de otras personas.
Negligencia Espiritual: Descuido de la relación con Dios, ignorando sus mandamientos y apartándose de una vida centrada en principios divinos.
Estos ejemplos ilustran la amplia gama de pecados que los seres humanos practican en el mundo, recordándonos la necesidad constante de arrepentimiento, perdón y la gracia redentora de Dios a través de Jesucristo.
En San Juan, capítulo 15, versos 18 al 27, Jesús advierte a sus discípulos sobre el odio del mundo. Les recuerda que, si el mundo los aborrece, es porque ya lo ha aborrecido a El. El mundo ama lo suyo, pero como seguidores de Cristo, somos elegidos y apartados del mundo. La persecución vendrá por causa de su nombre, porque el mundo no conoce al Padre que lo envió.
Hermanos y hermanas, el odio hacia Jesús es inevitable para aquellos que viven en la oscuridad. Vivir en la oscuridad significa vivir en ignorancia espiritual; aquellos que viven en la oscuridad carecen de conocimiento o comprensión profunda de la verdad espiritual. Están alejados de la luz reveladora de la sabiduría divina.
Vivir en la oscuridad implica alejarse de la presencia y la voluntad de Dios. La vida se guía por valores terrenales y se vive en desobediencia a los principios divinos.
La oscuridad tambien simboliza la esclavitud al pecado y a las pasiones desordenadas. Aquellos que viven en la oscuridad pueden estar atrapados en hábitos destructivos y comportamientos pecaminosos.
Por el contrario, vivir en la Luz es sinónimo de conocimiento y verdad: Vivir en la luz implica una conexión íntima con la verdad revelada por Dios. Es vivir en el conocimiento de su Palabra y comprender la realidad espiritual.
Vivir en la verdad es tener comunión con Dios: Quienes viven en la luz buscan una relación cercana con Dios. Su vida se caracteriza por la comunión constante, la oración y la obediencia a la voluntad divina.
Una persona que vive en la luz vive con rectitud y santidad: La luz representa la pureza y la santidad. Aquellos que viven en la luz buscan una vida justa, evitando el pecado y esforzándose por reflejar la santidad de Dios.
Ejemplos Prácticos:
- Oscuridad: Ignorar la importancia de la espiritualidad, vivir según los deseos carnales, y apartarse de la búsqueda de la verdad divina.
- Luz: Comprometerse con la lectura bíblica, cultivar una vida de oración, y esforzarse por vivir de acuerdo con los principios éticos y morales basados en la Palabra de Dios.
Vivir en la oscuridad implica separarse de la guía divina, mientras que vivir en la luz significa abrazar la verdad, la comunión con Dios y la búsqueda constante de la santidad. Como creyentes, nuestra tarea es ser luces en medio de la oscuridad, mostrando el camino hacia la verdad y el amor de Cristo.
No es por sus milagros o su amor, sino porque su luz revela la verdad. Sigamos dando testimonio de Cristo, sabiendo que, aunque el mundo nos odie, somos llamados a ser luces que brillan en la oscuridad. Oremos para que el Espíritu Santo nos fortalezca en nuestra misión de proclamar el Evangelio y vivir según la voluntad de nuestro Señor y Salvador, Jesucristo. Amen.



