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No debería de existir duda alguna que los viejos paradigmas que han sostenido a nuestro mundo durante los últimos 80 años están siendo destruidos. Está por verse el nuevo mundo que habrá de emerger como producto de toda esta violencia y rompimiento con las normas nacionales e internacionales. El gobierno de los Estados Unidos es, indiscutiblemente, un poderío mundial y, tal y como se ha dicho antes, cuando Estados Unidos estornuda, el resto del mundo termina con un fuerte resfriado.
El profeta Miqueas nos dice en el capítulo 3:9-12… “Oíd ahora esto, jefes de la casa de Jacob, y capitanes de la casa de Israel, que domináis el juicio, y pervertís todo el derecho; que edificáis a Sion con sangre, y a Jerusalén con injusticia. Sus jefes juzgan por cohecho, y sus sacerdotes enseñan por precio, y sus profetas adivinan por dinero; y se apoyan en Jehová, diciendo: ¿No está Jehová entre nosotros? No vendrá mal sobre nosotros. Por tanto, a causa de vosotros Sion será arada como campo, y Jerusalén vendrá a ser montones de ruinas, y el monte de la casa como cumbres de bosque.”
Proverbios 14:31… “El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor; Mas el que tiene misericordia del pobre, lo honra.”
Estos tiempos en los cuales vivimos causan, sin lugar a dudas, una profunda turbación de nuestro espíritu. Las noticias nos llegan como golpes y dagas directamente al alma: personas humilladas en las calles de las ciudades de esta nacion, arrestadas sin haber cometido delitos, invadidos sus espacios de intimidad, familias separadas, ciudadanos estadounidenses—nacidos y naturalizados—tratados como extraños en su propia tierra e inclusive siendo asesinados como ha sido el caso del asesinato de la Señora Renee Nicole Good en Minnesota, una ciudadana estadounidense nacida aquí, muerta a manos de aquellos cuyo deber era protegerla. Estos no son sólo “incidentes políticos”; son asuntos de conciencia ante Dios. La Biblia no es ajena a estos temas. Desde Faraón hasta Herodes, las Escrituras denuncian el uso perverso de la autoridad. Y hoy, alzamos la Palabra de Dios como espejo ante nuestro tiempo.
El Origen Divino de la Autoridad y Su Desviación (Romanos 13:1-5)
Dios establece la autoridad para un propósito santo: en Romanos 13 nos enseña que la autoridad ha sido establecida para mantener el orden, para castigar al malhechor y para proteger al inocente. Nunca para maltratarlo, denigrarlo, insultarlo o lo que es peor, asesinarlo. Cuando el apóstol Pablo dice que la autoridad “está al servicio de Dios para tu bien”, establece un parámetro claro: toda autoridad humana está bajo la autoridad divina y su ley moral. Pero cuando esa autoridad se convierte en instrumento de terror, cuando el agente con la placa y la pistola olvida que es “servidor de Dios” (Romanos 13:4) y comienza a actuar como dueño de la vida y la muerte, entonces ha traicionado su vocación sagrada. El abuso de poder no es solo un fallo administrativo; es un pecado contra el orden establecido por Dios.
El Grito de la Sangre Inocente: Desde Abel hasta Hoy (Génesis 4:10; Miqueas 3:10)
La Biblia registra el primer asesinato y Dios dice a Caín: “La voz de la sangre de tu hermano clama a mí desde la tierra”. Hoy, la sangre de la señora Good, y de tantos cuyos nombres no salen en los titulares, clama delante del trono de Dios. Miqueas denunció a los jefes de Jacob que “edifican a Sión con sangre”. ¿Acaso no estamos viendo algo similar? Cuando se justifica la violencia institucional en nombre de la “seguridad” o la “ley” o “la migración”, se está edificando un muro de miedo con ladrillos de injusticia. Dios no ignora estos clamores. Él es el defensor del desvalido (Salmo 68:5).
El Pecado de Oprimir al Extranjero y al Ciudadano: Un Doble Quebrantamiento (Éxodo 22:21; Proverbios 14:31)
La ley mosaica era clara: “No maltratarás al extranjero ni lo oprimirás, porque ustedes fueron extranjeros en Egipto”. El pueblo de Dios debía recordar su propia experiencia de opresión para cultivar compasión. Pero el abuso de poder hoy es doble:
Primero, es contra el indocumentado, tratado como menos que un ser humano, insultado, llamado criminal, asesino, golpeado, denigrado, separado de sus hijos, encerrado en condiciones inhumanas. Y segundo, es contra el ciudadano, el documentado, cuyo color de piel, acento o apariencia lo convierte en sospecha permanente, hasta el punto de perder su vida como la señora Good.
Cuando Proverbios 14:31 dice: “El que oprime al pobre afrenta a su Hacedor”, incluye a toda persona vulnerable ante el poder desmedido. Oprimir al creado es afrentar al Creador.
La Traición al Juramento Constitucional y la Ley Superior
Todos los Agentes Federales juran defender la Constitución, un documento que, en su mejor tradición, busca limitar el poder y proteger los derechos inalienables de toda persona que habita esta nación. Cuando ese juramento se pisotea, no solo se traiciona a la nación, se traiciona la confianza pública que Dios ordena (Romanos 12:17). Pero hay una ley aún más alta: la ley del amor al prójimo (Mateo 22:39). Ninguna orden, ningún protocolo, puede anular el mandamiento divino de hacer justicia, amar la misericordia y humillarnos ante nuestro Dios (Miqueas 6:8).
Llamado a la Acción Profética: ¿Qué Hace la Iglesia?
Debe de interceder con Valor: Como Abraham intercedió por Sodoma (Génesis 18), o como Moisés se puso entre Dios y el pueblo (Salmo 106:23), debemos orar por las autoridades (1 Timoteo 2:1-2) pero también orar contra la injusticia que ellas cometen.
Debemos alzar la Voz: Los profetas no fueron neutrales. Isaías gritó: “¡Busquen la justicia, reprendan al opresor!” (Isaías 1:17). La iglesia debe denunciar el abuso desde los púlpitos y en las plazas.
Debemos Acompañar y Proteger: La iglesia primitiva era refugio para el perseguido. Hoy debemos ser santuario, proveer asistencia legal, vigilar con presencia pacífica.
Exigir Rendición de Cuentas: Debemos apoyar investigaciones independientes, reformas estructurales y la rendición de cuentas de cada agente que haya traspasado los límites. La impunidad es enemiga de la justicia divina.
La señora Good tenía un nombre, una historia, una dignidad dada por Dios. Su muerte no es un “daño colateral”; es una tragedia que nos interpela. ¿Permitiremos que el poder estatal, que debería ser siervo de Dios para el bien, se convierta en un ídolo sediento de sangre? La cruz de Cristo nos recuerda que el poder redentor de Dios se manifestó no oprimiendo, sino entregándose. Jesús, ante el poder abusivo de Pilato, declaró: “No tendrías autoridad alguna si no te fuera dada de arriba” (Juan 19:11).
Hoy, Dios nos pregunta: ¿De qué lado están? ¿Del lado del poder descontrolado o del lado de los crucificados de hoy?
Señor, escucha el clamor de los oprimidos. Convence a los poderosos. Consuela a los que lloran y sufren y hoy son perseguidos. Danos valor para ser luz en las tinieblas de la injusticia. Que tu reino de justicia venga. Amén.



