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Los acuerdos y equilibrios geopolíticos establecidos tras la Segunda Guerra Mundial —basados en instituciones multilaterales, derecho internacional y una cierta ética global compartida— se están resquebrajando. Figuras como Donald Trump encarnan este colapso al operar bajo un principio de hiper-soberanía nacionalista y un pragmatismo radical que desestima normas establecidas. Su brújula, según declara, es su propia conciencia, un criterio interno volátil y desconectado de marcos jurídicos o morales externos.

Este fenómeno no es aislado. Observamos la consolidación de un nuevo orden tripolar en formación:

  • Trump aspira a reafirmar el dominio estadounidense en las Américas bajo la doctrina “America First / Donroe Doctrine”.
  • Putin busca redibujar el mapa de seguridad e influencia en Europa, desafiando la OTAN.
  • China expande su hegemonía económica, tecnológica y militar en Asia y más allá y ve, en estos momentos, con lo sucedido en Venezuela, una puerta abierta para la reunificación de Taiwán con China.

El resultado no es un regreso a la Guerra Fría, sino un escenario multipolar más inestable, impredecible y propenso al conflicto. La erosión de los diques institucionales y el desprecio por el derecho internacional favorecen la ley del más fuerte. El mundo de los próximos años podría ser, efectivamente, más peligroso que el de las últimas ocho décadas, marcado por la competencia abierta entre grandes potencias y la marginalización de los mecanismos de cooperación global.

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