|
Getting your Trinity Audio player ready...
|
Hermanos y hermanas en Cristo, hoy nos reunimos alrededor de una de las palabras más desafiantes y profundas que salieron de los labios de nuestro Señor Jesucristo: “Toma tu cruz y sígueme”.
¿Qué quiso decir Jesús? A menudo, en nuestra mente, pensamos en “la cruz” como esas molestias diarias, ese jefe difícil, esa enfermedad pasajera, esa preocupación financiera. Reducimos la cruz a una simple metáfora de las dificultades comunes de la vida. Pero la cruz en el tiempo de Jesús no era un dije de oro que se colgaba al cuello. No era un símbolo decorativo en una pared. La cruz era sinónimo de dolor insoportable, de vergüenza pública, de negación total de uno mismo y de una muerte lenta y agonizante.
Cuando Jesús dice “toma tu cruz”, no está invitándonos simplemente a “aguantar” lo que nos toca. ¡No! Nos está llamando a aceptar voluntariamente el camino de la negación, el sacrificio y la obediencia radical a Dios, aunque eso conlleve nuestro propio “Getsemaní”, nuestra propia agonía.
Escuché la historia real de una hermana, que dicho sea de paso, permanecerá en el anonimato; una historia realmente dura, que requirió del poder sobrenatural divino para poder sobrevivir a ella. No es una anécdota más. Es un espejo brutal que nos muestra la verdadera dimensión de una cruz. Aquí no hay romanticismo. No hay un final feliz rápido. Es la historia de un alma que fue forzada a cargar con un madero de traición, de abuso sexual desde su niñez hasta su adultes, un dolor profundo lleno confusión que podría haber destruido para siempre su fe. Su propio padre, la persona que debía protegerla, y que además era su pastor, el que debía guiarla a Dios, fue la fuente de su tormento y horror.
¿Se imaginan una cruz más pesada que esta? La traición absoluta. La fe puesta a prueba no por un extraño, sino por el que predicaba el amor de Cristo y que aparte de esto, era su pastor, “el atalaya / mensajero de Dios”. El peso de guardar ese secreto (cruz) durante años, de cargar con una culpa que no le correspondía, de luchar por no permitir que el pecado de otro matara el amor por su Iglesia y su Señor. ¿Se imaginan ustedes cargar esta pesada cruz?
Y aquí, hermanos, está la primera lección monumental de lo que es tomar la cruz: Tomar la cruz es elegir el camino de la sanidad, aunque duela. Nuestra hermana pudo haber elegido el rencor. Pudo haber huido de Dios, diciendo: “Si la iglesia es esto, yo no quiero nada”. Pero ella, en su valentía infinita, tomó su cruz y espero en el Señor.
¿Cómo? Eligiendo orar. Eligió aferrarse al único Padre que no falla. Tomar su cruz no fue resignarse a sufrir en silencio; fue agarrar ese dolor inmenso y llevarlo directamente al trono de la gracia. No lo escondió debajo de la alfombra. Lo enfrentó con lágrimas y oración. Tomar la cruz es dejar de ser víctima de tu dolor para ser, con Cristo, victorioso sobre él. Tomar la cruz significa seguir a Jesús muy a pesar de todo.
Fíjense en la orden completa: “Toma tu cruz y sígueme”. El seguimiento no se detiene. El discipulado no se cancela porque el camino se ponga oscuro. Nuestra hermana siguió amando la iglesia, siguió amando el ministerio, no porque fuera fácil, sino porque su mirada estaba puesta en Jesús, no en los hombres que fallan. Seguir a Cristo con la cruz a cuestas significa confiar más en la bondad del Salvador que en la maldad de los circunstancias. Significa caminar, cojeando, sangrando, pero caminando detrás de Él. Tomar la cruz conduce a la liberación, no al masoquismo.
Dios no se complace en nuestro sufrimiento. Jesús no carga la cruz y dice: “Quédate ahí sufriendo eternamente”. La cruz siempre tiene un propósito y una meta. Para Jesús, la cruz fue el camino a la resurrección. Para nuestra hermana, tomar su cruz mediante la oración y la fe la llevó al punto de liberación: poder contarlo, poder buscar justicia, poder quitarse ese peso de encima después de años. Tomar la cruz no es sobre llevar una carga con amargura; es sobre llevar esa carga hacia Él para que Él la transforme.
La cruz que cargamos con Cristo siempre, siempre, conduce a una tumba vacía, a una liberación, a una redención. Hoy, quizá tu cruz no sea esta, pero es tuya. Es pesada. Es única. Tal vez sea una traición, una adicción, una depresión, un duelo que no termina, una soledad que duele.
Jesús no te dice: “¿Por qué te quejas? Aguántate”. Él te mira, con amor infinito, y te dice: “Yo ya cargué la mía. Yo vencí al pecado y a la muerte. Confía en mí. Toma esa carga que te abruma, no la cargues sola en la oscuridad. Tráemela. Cárgala detrás de mí, porque yo voy delante de ti abriendo el camino. Yo te ayudo a llevarla. Y juntos, la vamos a vencer”.
El llamado no es a amar la cruz, sino a amar al que nos llama a cargarla sabiendo que Él está con nosotros. Y que al final del camino, no hay un monte de calaveras, sino un jardín vacío y una piedra removida que testifica: La cruz nunca tiene la última palabra.
Amén.



