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El llamado de un pastor es uno de los más desafiantes y exigentes en el Reino de Dios. La Biblia le instruye a dar su vida por las ovejas (Juan 10:11), lo que significa cuidarlas con amor y fidelidad, guiándolas en el camino de la verdad. Sin embargo, este mandato entra en conflicto con la naturaleza humana, ya que la verdad, al confrontar el pecado, la mentira y la hipocresía, tiende a ser rechazada.

El pastor debe proclamar la verdad sin adulterarla, aunque eso signifique incomodar a su congregación. Pablo lo dijo claramente: “Si todavía agradara a los hombres, no sería siervo de Cristo” (Gálatas 1:10). Obedecer a Dios implica aceptar el rechazo, incluso por parte de aquellos a quienes más se ama y sirve.

La verdad divina es dura y ofensiva para quienes no quieren abandonar el pecado, pero es el único alimento espiritual que puede salvar y transformar vidas. El pastor fiel debe estar dispuesto a ser odiado, vilipendiado y abandonado, entendiendo que su recompensa no viene de los hombres, sino de Dios.

Como Cristo, el pastor está llamado a caminar en soledad si es necesario, sabiendo que su misión es obedecer al Creador, no buscar el favor de las masas.

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