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La Biblia es clara y contundente respecto al diseño de Dios para la sexualidad y el matrimonio. En Génesis 2:24, se establece el modelo divino: “Por tanto, dejará el hombre a su padre y a su madre, y se unirá a su mujer, y serán una sola carne.” Este diseño no solo refleja la complementariedad biológica, sino también un propósito espiritual: la unión entre hombre y mujer es una imagen del pacto entre Cristo y su iglesia (Efesios 5:31-32).

Sin embargo, en Romanos 1:26-27, Pablo señala cómo la humanidad, al rechazar a Dios, cayó en prácticas contrarias a Su diseño, incluyendo relaciones entre personas del mismo sexo, que describe como “pasiones vergonzosas.” Este pasaje, junto con otros (1 Corintios 6:9-10, Levítico 18:22), subraya que tales prácticas son pecado, no porque Dios carezca de amor, sino porque desvían al ser humano de su propósito original y conducen a la separación de Él.

Hoy, la presión cultural exige que la iglesia sea inclusiva, incluso al costo de comprometer la verdad bíblica. Sin embargo, el llamado de la iglesia no es acomodarse al mundo, sino proclamar la santidad de Dios, ofreciendo gracia y redención a todos los que se arrepientan. Amar al prójimo no significa validar el pecado, sino dirigirlo hacia la restauración que solo se encuentra en Cristo.

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