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Quiero expresar mis más sinceras condolencias por el fallecimiento del expresidente de El Salvador, Mauricio Funes Cartagena, a sus hijos, a toda su familia y amigos queridos. La noticia de su deceso ha sido inesperada y sorprendente. Desconocía por completo que estuviera enfermo o, mucho menos, grave de salud.

Permítanme, a raíz de esta situación, compartir algo que me ha dejado reflexionando profundamente. Por esas conexiones espirituales e invisibles que tenemos entre nosotros sin saberlo, la noche del pasado domingo 19 de enero para amanecer lunes 20 de enero tuve un sueño que me llenó de preguntas.

En el sueño, caminaba en dirección a Jiquilisco desde Puerto El Triunfo, en el departamento de Usulután, junto con una de mis hijas mayores y mi hijo pequeño. Íbamos a pie y, al llegar a la altura de El Sitio (una comunidad entre Puerto El Triunfo y Jiquilisco), vi algo extraño. De repente, a mi izquierda, apareció un cortejo fúnebre muy lujoso compuesto por varios vehículos. El primero era un carro fúnebre excepcionalmente elegante, de color plateado con detalles negros; a través de sus ventanas de vidrio a ambos lados, se veía un ataúd muy lujoso. Los vehículos que lo seguían eran todos de color negro. Cientos de personas acompañaban a pie.

Lo más curioso fue que el cortejo avanzaba a la misma velocidad que yo y mis hijos, caminando al ritmo de mis pasos, sin adelantarse. Pude observar claramente el ataúd en el vehículo principal, lo cual me transmitió un profundo sentimiento de importancia, como si se tratara de alguien relevante, pero no lograba distinguir quién era.

Me desperté intrigado. Esa misma mañana, durante el desayuno, les conté el sueño a mi esposa y a un hermano de la iglesia, sin comprender aún su significado. Anoche, al enterarme de lo sucedido, todo cobró sentido. Mauricio era la persona en ese ataúd, y el cortejo fúnebre que vi fue, de alguna manera, el anuncio de su partida.

Este episodio me ha llevado a reflexionar sobre las conexiones que formamos con las personas a lo largo de nuestras vidas, sean buenas o malas. Estas relaciones, invisibles pero profundas, nos acompañan hasta el final, incluso cuando no somos conscientes de ello.

Envío a toda la familia, amigos y seres queridos un fuerte abrazo en este momento de duelo, y elevo mis oraciones para que Dios les brinde fortaleza y consuelo.

Con aprecio,

William Osmar Chamagua

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