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¡Amén! Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo esté con todos ustedes. Hoy quiero hablarles desde el corazón, guiado por la Palabra de Dios, sobre un tema urgente para nuestras naciones y para nuestra iglesia.

Hermanos, estamos viviendo en los días que el profeta Jeremías anunció. Escuchemos de nuevo la Palabra del Señor:

“Así dijo Jehová: Paraos en los caminos, y mirad, y preguntad por las sendas antiguas, cuál sea el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma. Mas dijeron: No andaremos.” (Jeremías 6:16)

¿Les suena familiar esta respuesta? “No andaremos”. Hoy vemos cómo ese “cable cultural” que una vez unió la fe con la identidad de esta y de muchas naciones se ha roto. Pero no fue un accidente. Fue un desgaste progresivo, y debemos tener la valentía de ver cómo nosotros, el pueblo de Dios, hemos contribuido a esta fractura.

La Iglesia como Anexo Político: Un Grave Testimonio en Tiempos de Trump

En la encrucijada actual que define nuestra era, uno de los fenómenos más preocupantes para la integridad de la fe cristiana es la progresiva y, en muchos casos, absoluta identificación de segmentos significativos de la iglesia con un partido político específico. Este no es un problema teórico; tiene un nombre y apellido en el contexto estadounidense: la alianza entre un sector mayoritario de la iglesia evangélica y el Partido Republicano, encarnada en la defensa acérrima de la figura de Donald Trump. 

Esta situación representa una desviación profunda del mandato central de la iglesia y constituye un testimonio devastador que socava su credibilidad y misión.

El núcleo del problema no reside en que los cristianos participen en la vida política o tengan preferencias ideológicas. La responsabilidad cívica es un deber. La grave transgresión ocurre cuando la iglesia, o sus líderes más visibles, deciden subordinar su identidad profética y su integridad moral a los intereses de un partido, hasta el punto de canonizar a un líder político cuyas acciones y carácter, públicamente conocidos, chocan frontalmente con los valores que dice representar.

La paradoja es escandalosa: Donald Trump, un hombre cuya vida ha transcurrido ampliamente al margen de los principios éticos cristianos—caracterizado por un lenguaje soez, un historial de desprecio hacia los más vulnerables, acusaciones de conducta sexual inapropiada, y una trayectoria empresarial salpicada de controversias—ha sido presentado por figuras eclesiásticas prominentes como un “escogido de Dios”, un “Ciro moderno”, o incluso un instrumento divino para un propósito superior. Esta narrativa se sostiene a pesar de que las evidencias de su conducta cuestionable no cesan de acumularse. 

El caso Epstein es quizás el ejemplo más lúgubre y revelador. A medida que salen a la luz más detalles sobre las redes de abuso y las conexiones de poderosos, la asociación de Trump con Epstein se vuelve cada vez más incómoda y difícil de ignorar. Sin embargo, en lugar de adoptar una postura de cautela y principio moral, muchos líderes religiosos han “tirado toda la carne al asador”, optando por una defensa incondicional, minimizando las acusaciones, o desviando la atención hacia los supuestos enemigos comunes.

Las consecuencias de esta alianza son catastróficas para el testimonio de la iglesia:

Pérdida de Credibilidad e Hipocresía Percibida: El mundo exterior a la fe observa este espectáculo y llega a una conclusión inevitable: la iglesia ha abandonado sus principios por poder político. El mensaje que se proyecta es que la moral es negociable y que los valores solo se aplican a los oponentes políticos. La acusación de hipocresía, en este caso, no es un simple insulto, sino un diagnóstico preciso de una realidad que aleja a millones, especialmente a las generaciones más jóvenes que valoran la autenticidad por encima de la tribu política.

Compromiso del Mandato Evangelístico: El mandato central de la iglesia es “hacer discípulos a todas las naciones”. Un discipulado genuino se basa en la atracción hacia la persona de Jesucristo y la transformación que Él ofrece. ¿Cómo se puede invitar a alguien a seguir a un Cristo que exige integridad, humildad y amor al prójimo, mientras se defiende con fervor a un hombre que públicamente encarna lo contrario? La misión evangelística se ve severamente dañada cuando la iglesia aparece como un apéndice de un partido, porque el mensaje deja de ser sobre la gracia de Dios para convertirse en una herramienta de propaganda secular.

Pérdida de la Función Profética: La iglesia está llamada a ser una voz que llame al arrepentimiento y a la justicia, sin acepción de personas. Al atarse a un partido, abdica de esta función. Ya no puede denunciar los errores de “su” bando por miedo a debilitarlo frente al oponente. Se convierte en un peón en el juego del poder, incapaz de señalar el pecado dondequiera que este se encuentre, especialmente en sus aliados.

La transformación de un segmento de la iglesia en un brazo religioso del Partido Republicano y en defensora de Donald Trump es una de las mayores tragedias autoinfligidas en la historia del cristianismo contemporáneo. No es solo un error táctico; es una traición a su identidad y misión. Al cambiar la cruz por una bandera política, la iglesia no gana influencia, sino que pierde su alma. El costo será una generación de escépticos que, con razón, verán la fe no como un camino de redención, sino como una máscara para la ambición mundana. Recuperar la confianza perdida requerirá un doloroso y público acto de contrición y un regreso radical a la independencia profética que caracterizó a su Fundador, Cristo Jesús el Señor.

Primero, confundimos el Reino de Dios con un reino político.

Cuando la fe se convierte en un apéndice de un partido político, como lo sucedido entre el Partido Republicano y la “derecha y ultraderecha cristiana” en Estados Unidos, hemos cometido idolatría. ¡Hemos erigido un becerro de oro en el Capitolio! Jesús fue claro cuando dijo: “Mi reino no es de este mundo” (Juan 18:36). No estamos llamados a conquistar los reinos de este mundo, sino a ser embajadores del cielo en un mundo que se pierde y que necesita ser transformado desde el evangelio de Jesucristo y NO desde la ideología pagana de un “partido político”, debido a que, según nos enseñan las Escrituras: “Mirad que nadie os engañe por medio de filosofías y huecas sutilezas, según las tradiciones de los hombres, conforme a los rudimentos del mundo, y no según Cristo  (Colosenses 2:8). Cuando mezclamos el evangelio con una agenda partidista, el mundo ya no ve a Cristo, ve solo otra facción política. Y muchos, especialmente los jóvenes, han respondido: “No andaremos” en ese camino. Hemos manchado la pureza del evangelio con los colores de la contienda política que solamente busca el poder terrenal.

Segundo, descuidamos el santuario de la familia.

La familia fue el primer diseño de Dios para la comunidad, la “iglesia en el hogar”. Pero cuando permitimos que el divorcio se normalice sin llorar con los que lloran, cuando no apoyamos a las madres solteras ni a los hijos de hogares fracturados, hemos fallado. El Salmo 68:5 dice que Dios es “padre de huérfanos y defensor de viudas”. Si la iglesia no refleja este corazón, ¿qué ofrecemos? Nuestras congregaciones deben ser hospitales para los heridos, no clubes para las familias “perfectas”. Muchos se han alejado porque encontraron inestabilidad en el hogar y luego incomprensión en la iglesia. Y dijeron: “No andaremos”.

Tercero, hemos permitido que el mundo defina el éxito y la identidad.

La “adultez extendida” de la que hablan los sociólogos no es más que la búsqueda moderna del yo. Es la liturgia del individualismo: brunch, gimnasio, carrera. Y la iglesia, a veces, ha bendecido esta búsqueda, predicando un evangelio de prosperidad y realización personal en lugar del llamado de Cristo: “Si alguno quiere venir en pos de mí, niéguese a sí mismo, tome su cruz y sígame” (Mateo 16:24).

Cuando una generación entera construye su identidad alrededor de su profesión y sus experiencias, para cuando tienen 30 años, como lo expresan los estudiosos modernos, “ya no sienten que necesitan una iglesia”. Han encontrado su propósito en el espejo, no en el Creador. Y nuestra respuesta ha sido débil: en lugar de confrontar este yo idolatrado, a menudo hemos tratado de hacer la iglesia “más relevante” para estos estilos de vida, diluyendo el llamado radical del discipulado.

¿Y ahora qué? ¿Cuál es la respuesta?

El profeta nos la dice: “Preguntad por las sendas antiguas”.

No se trata de nostalgia. Se trata de regresar al camino fundamental, a la roca que es Cristo.

Debemos desvincular nuestra fe de toda lealtad terrenal. Nuestra ciudadanía está en los cielos (Filipenses 3:20). Debemos ser, ante todo, cristianos. Que nuestra política fluya de nuestro discipulado, no al revés.

Debemos fortalecer a la familia siendo una familia más grande. La iglesia debe ser esa red de apoyo, esa comunidad que envuelve al soltero, al divorciado, al viudo, al niño sin modelo paterno. Debemos mostrar el corazón del Padre como nunca antes.

Debemos proclamar un llamado más grande que la autorrealización. El vacío que deja la pérdida de la fe no se llena con individualismo. Se llena con Cristo. Debemos anunciar con valor que la verdadera vida no se encuentra en la búsqueda de uno mismo, sino en entregarse por completo al Evangelio.

Hermanos, el mundo nos dice “No andaremos”. Pero nuestra misión no ha cambiado. Es la misma de siempre: Anunciar en Cristo Jesús “el arrepentimiento y el perdón de pecados” (Hechos 2:38), recordarle al mundo que Jesús es el “camino, la verdad y la vida” (Juan 14:6). Él es la Senda Antigua. En un mundo de caminos rotos, sólo Él ofrece el verdadero descanso para el alma.

Fortalezcamos y afirmemos nuestra FE, NO en el poder político, ni mucho menos en el Partido Republicano ó en el Partido Demócrata sino más bien en la cruz de Cristo. No en la familia perfecta, sino en la gracia que restaura. No en la realización personal, sino en la negación por amor a El.

Que seamos esa iglesia. La que, en medio del ruido de una cultura que se aleja, sigue en pie, señalando con claridad y amor el buen camino, el camino de la cruz, el camino que conduce a casa.

Amén.

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