El Poder de Dios: ¿Lo Ha Perdido el Evangelio o lo Hemos Perdido Nosotros?

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Texto Base: Marcos 16:16, 2 Timoteo 3:1-5 & Hechos 1:8

Hermanos, una pregunta crucial resuena en los pasillos de nuestras iglesias y en los corazones de los creyentes sinceros: ¿Dónde está el poder de Dios en nuestras iglesias? Vemos la enfermedad, la desesperación y el pecado avanzar, y a menudo, nuestra respuesta parece ser solo palabras. Nos preguntamos: ¿Acaso el Evangelio ha perdido su fuerza? ¿Se ha secado la fuente del poder divino?

La respuesta, queridos hermanos míos, es clara y contundente: ¡Lo hemos perdido nosotros! No el Evangelio. Hemos extraviado la fórmula, nos hemos desviado del camino. Las Escrituras nos enseñan con autoridad que “Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra”  

“Toda la Escritura es inspirada por Dios, y útil para enseñar, para redargüir, para corregir, para instruir en justicia, a fin de que el hombre de Dios sea perfecto, enteramente preparado para toda buena obra” (2 Timoteo 3:16-17). Efectivamente, la Palabra de Dios permanece tan viva y eficaz como en el primer día, capaz de penetrar hasta lo más profundo del alma (Hebreos 4:12). El problema, entonces, nunca ha sido la fuente. El problema somos nosotros, el canal.

Hemos permitido que la obstinación, la mundanalidad y la autosuficiencia actúen como sedimentos que obstruyen la tubería de la gracia. Le hemos puesto diques a ese río de agua viva del que habló el Señor (Juan 7:38), y al contener su flujo, lo que era para ser un torrente de vida se ha convertido en un estanque estancado. Por eso sus aguas purificadoras no fluyen para limpiar corazones ni para sanar naciones, como es su voluntad divina.

La Promesa del Poder y Nuestra Realidad

El Señor Jesucristo, conociendo la impotencia humana, instruyó claramente a sus discípulos: “Pero recibiréis poder, cuando haya venido sobre vosotros el Espíritu Santo, y me seréis testigos en Jerusalén, en toda Judea, en Samaria, y hasta lo último de la tierra” (Hechos 1:8). Su mandato fue ir a Jerusalén y esperar la promesa del Padre. Ellos no se pusieron a hacer campañas evangelísticas con sus propias fuerzas; obedecieron, esperaron y el poder cayó sobre ellos en el aposento alto (Hechos 2:1-4).

Ahí está el detalle central de la frialdad, la apostasía, la injusticia y el desánimo en la iglesia de hoy: La falta de la unción y la guía del Espíritu de Dios en medio de su pueblo. Tenemos una iglesia automatizada, que camina ya no bajo la visión divina, sino bajo la guía y los rudimentos del mundo. Ha caído en las “huecas sutilezas” de la filosofía humana (Colosenses 2:8) y, habiendo caído postrada, muchos ni se dan cuenta. Y si lo saben, se han acomodado a una vida de mediocridad espiritual, un libertinaje disfrazado de gracia.

Vivimos como aquel pueblo del que hablaba Pablo: “que tendrán apariencia de piedad, pero negarán la eficacia de ella” (2 Timoteo 3:5). Tenemos la forma, pero nos falta el poder.

El Camino de Regreso: Sometiéndonos a las Reglas del Reino

¿Cómo podemos entonces regresar a la senda antigua, a ese camino de poder y unción? Jeremías 6:16 nos dice: “Preguntad por las sendas antiguas, cuál es el buen camino, y andad por él, y hallaréis descanso para vuestra alma.”

Como en todo lo de valor en la vida, hay principios, reglas y formas establecidas. No hay atajos para el poder de Dios, porque lo barato sale caro. Es mejor el camino largo y conocido de la obediencia, que el camino corto y seductor de la autosuficiencia.

Para construir una casa, se necesitan planos. Para que una nación funcione, necesita leyes. La creación misma nos enseña esto. Romanos 1:20 declara que “las cosas invisibles de él, su eterno poder y deidad, se hacen claramente visibles desde la creación del mundo, siendo entendidas por medio de las cosas hechas”. La naturaleza sigue las leyes de Dios implacablemente. ¿Cómo entonces la iglesia moderna se ha dado a la tarea de quebrantar las normas del Evangelio y espera que el poder de Dios funcione? ¡No podemos violar las leyes espirituales y esperar una bendición sobrenatural!

El Patrón Bíblico Inquebrantable: El Ejemplo de la Iglesia Primitiva

La iglesia no nació en un comité, nació en un avivamiento. Y ese avivamiento siguió un patrón divino. Veamos los ejemplos:

En Pentecostés (Hechos 2): Los discípulos obedecieron y esperaron. Pedro, lleno del Espíritu, predicó. Su palabra impactó a los oyentes, quienes “al oír esto, se compungieron de corazón” (Hechos 2:37). Y ante la pregunta “¿Qué haremos?”, la respuesta de Pedro fue clara y contundente, revelando las tres llaves del Reino:

Arrepentimiento: Un giro radical del pecado.

Bautismo en agua en el nombre de Jesucristo: Una identificación pública con su muerte y resurrección.

El don del Espíritu Santo: La recepción del poder prometido.

“Pedro les dijo: Arrepentíos, y bautícese cada uno de vosotros en el nombre de Jesucristo para perdón de los pecados; y recibiréis el don del Espíritu Santo” (Hechos 2:38). Ese día, tres mil almas fueron agregadas a la iglesia, una iglesia llena de fuego, ese fuego que hoy nos hace tanta falta.

En Samaria (Hechos 8): Felipe predicó y hubo gran gozo. Pero la historia no termina ahí. Cuando los apóstoles en Jerusalén oyeron que Samaria había recibido la Palabra, enviaron a Pedro y a Juan para que oraran por ellos para que recibieran el Espíritu Santo (Hechos 8:15-17). El poder del Espíritu era una experiencia distintiva y esencial.

En la casa de Cornelio (Hechos 10): Mientras Pedro aún hablaba, “el Espíritu Santo cayó sobre todos los que oían el discurso” (Hechos 10:44). La evidencia fue tan clara que Pedro exclamó: “¿Puede acaso alguien negar el agua, para que no sean bautizados estos que han recibido el Espíritu Santo también como nosotros?” (Hechos 10:47). Y mandó bautizarles en el nombre de Jesús.

Los discípulos de Éfeso (Hechos 19): Pablo encontró a unos discípulos y les preguntó directamente: “¿Recibisteis el Espíritu Santo cuando creísteis?” (Hechos 19:2). Su fe estaba incompleta. Al oír esto, “fueron bautizados en el nombre del Señor Jesús”, y Pablo imponiéndoles las manos, “vino sobre ellos el Espíritu Santo” (Hechos 19:5-6).

El mismo Pablo (Hechos 22:16): Después de su encuentro con Jesús, Ananías le dijo: “Ahora, pues, ¿por qué te detienes? Levántate y bautízate, y lava tus pecados, invocando su nombre”. Pablo no negoció el mandamiento; obedeció y llevó este mensaje a judíos y gentiles por todo el mundo.

Conclusión: Recuperando lo Perdido

Hermanos, el poder no se perdió en los cielos. Se perdió en nuestra desobediencia. Se perdió cuando reemplazamos la oración por programas, la santidad por relevancia, y la unción por entretenimiento.

No podemos hacer nada si no estamos dispuestos a seguir, obedecer y someternos a las reglas y leyes de Dios. Si seguimos nuestros vanos pensamientos y emociones, vamos a fracasar. Proverbios 14:12 lo advierte: “Hay camino que al hombre le parece derecho; pero su fin es camino de muerte.”

El llamado de hoy es a volver. A arrepentirnos de nuestra autosuficiencia. A buscar el bautismo del Espíritu Santo con la misma urgencia con la que los primeros discípulos lo hicieron. A alinearnos con el patrón bíblico de salvación y poder.

Dios no ha cambiado. Su Evangelio no ha perdido fuerza. La pregunta que queda resonando en este lugar es: ¿Estamos nosotros dispuestos a recuperar el poder que hemos perdido? La puerta está abierta. La promesa es para vosotros, y para vuestros hijos, y para todos los que están lejos; para cuantos el Señor nuestro Dios llamare (Hechos 2:39).

Pongámonos de rodillas, clamemos por su fuego, y obedezcamos su Palabra. Solo entonces veremos al Dios Todopoderoso manifestarse en medio de Su pueblo una vez más. Señor, reconocemos que nos hemos desviado. Hemos confiado en nuestra sabiduría y hemos apagado tu Espíritu. Perdónanos. Danos un corazón humilde y obediente como el de los primeros discípulos. Bautízanos con tu Santo Espíritu y con fuego. Enciende en nosotros una pasión por tu Palabra y por tu poder, para que seamos testigos efectivos en esta generación. En el nombre poderoso de Jesús, amén.

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