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Llevo años siguiendo el discurso público, analizando las intersecciones entre política y religión, y jamás pensé que llegaría el día en que Tucker Carlson —el mismo Tucker Carlson que durante años fue la voz más influyente del trumpismo, el que defendió políticas fronterizas duras, el que minimizó el asalto al Capitolio, el que entrevistó a Putin sin presión alguna— fuera quien pusiera el dedo en la llaga más profunda del evangelicalismo estadounidense.

Pero aquí estamos. Y hay que decirlo con claridad: Carlson tiene razón. Y duele que la tenga.

No porque yo simpatice con su línea ideológica —que no es la mía—, sino porque lo que está señalando es una verdad que muchos cristianos (verdaderos cristianos) venimos denunciando hace años: lo que se vende como “cristianismo” desde ciertos púlpitos y desde la Casa Blanca no es cristianismo. Es otra cosa. Y esa otra cosa es abominable.

Gálatas 1: el filtro que no pasa nadie

El apóstol Pablo fue contundente:

“Mas si aun nosotros, o un ángel del cielo, os anunciare otro evangelio diferente del que os hemos anunciado, sea anatema” (Gálatas 1:8).

Eso es grave. No es una opinión. Es una advertencia divina. Y lo que Carlson describe —con la precisión de quien ha investigado, aunque venga de una tradición política opuesta a la mía— es exactamente eso: otro evangelio.

Franklin Graham, hijo del respetado Billy Graham, parado en la Casa Blanca, en plena Semana Santa, cuatro días antes de la Pascua, invocando el libro de Ester — para justificar la matanza de civiles persas. ¿Y lo hace para “orar por la sabiduría y restricción” del presidente que amenaza con destruir una civilización entera?

Eso no es cristianismo. Eso es idolatría política disfrazada de “pastor”.

El Jesús de los evangelios vs. el “Jesús” de la guerra

Carlson lo expresa de manera impecable: el Jesús de la Semana Santa entra en Jerusalén montado en un pollino, no en un corcel de guerra. No viene a matar romanos. Viene a ser asesinado por romanos. Viene a mostrar que la victoria verdadera no es sobre cuerpos, sino sobre la muerte misma.

Ese Jesús —el real, el de los evangelios, el que dijo “ama a tus enemigos” (Mateo 5:44) y “el que a espada mata, a espada perece” (Mateo 26:52)— jamás bendeciría una guerra preventiva, jamás oraría por la muerte de niños y mujeres, jamás sería invocado para legitimar un genocidio.

Pero eso es exactamente lo que está pasando. Y lo peor no es que los políticos lo hagan. Lo peor es que los líderes religiosos —los Franklin Graham, los Paula White, los John Hagee— lo avalan, lo bendicen, lo visten de profecía.

La ironía de Tucker Carlson

Ahora, reconozcámoslo: es profundamente irónico que sea Carlson quien diga esto. Este es el mismo hombre que pasó años normalizando el trumpismo, que le dio plataforma a teorías conspirativas, que ayudó a construir el puente entre la derecha política y el “evangelio nacionalista blanco”, lleno de odio y de racismo. Él es, en buena medida, parte del problema que hoy denuncia.

Pero precisamente por eso, su testimonio tiene peso. Porque cuando alguien que estuvo dentro del sistema —que lo impulsó, que lo legitimó— se da cuenta y dice “esto no es cristianismo”, el eco es más fuerte que cuando lo decimos los que siempre estuvimos afuera.

Carlson hoy está abriendo los ojos. No sé si será consistente. No sé si mañana volverá a respaldar al mismo sistema que critica. Pero hoy, en este momento, está diciendo la verdad. Y la verdad, venga de quien venga, debe ser reconocida.

El llamado al arrepentimiento

Lo que Carlson describe no es un error teológico menor. Es una apostasía. Es tomar el nombre de Dios en vano —en el sentido más profundo del tercer mandamiento— para justificar lo que Dios aborrece.

El profeta Miqueas fue claro:

“Oh hombre, él te ha declarado lo que es bueno, y qué pide Jehová de ti: solamente hacer justicia, y amar misericordia, y humillarte ante tu Dios” (Miqueas 6:8).

No dice: “bendecir guerras”, no dice “aplastar persas”, no dice “justificar el asesinato de civiles con el libro de Ester”.

Dice: justicia, misericordia, humildad.

Si la iglesia estadounidense no se arrepiente —si los creyentes no alzan la voz contra estos falsos profetas que bendicen la guerra desde el poder—, entonces la palabra de Gálatas 1 caerá sobre ellos como juicio.

Conclusión

Gracias, Tucker Carlson. No por tu pasado, sino por tu honestidad de hoy. Ojalá más figuras públicas —especialmente las que han contribuido al problema— tengan el valor de decir: “me equivoqué, esto no es de Dios”.

Porque mientras tanto, el mundo ve. Y el mundo concluye que el cristianismo es hipocresía, guerra y manipulación. Y eso es un escándalo del cual todos los que nos llamamos cristianos tendremos que dar cuenta.

Que Dios tenga misericordia de nosotros. Aca les dejo un enlace para el artículo publicado de Tucker Carlson. https://www.facebook.com/share/p/1LH9ptBzPz/?mibextid=wwXIfr 

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