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¡Amados hermanos en Cristo! Que la gracia y la paz de nuestro Señor Jesucristo esté con todos ustedes.
Hoy nos encontramos para reflexionar en una de las verdades más desafiantes y, a la vez, más gloriosas del Evangelio: el llamado de Cristo a un compromiso total. El llamado no es una invitación a una vida de comodidad, sino a una de entrega radical; no es una promesa de éxito terrenal: dinero, poder, la vanagloria del mundo y de la vida, sino más bien la garantía de un tesoro eterno.
Abramos nuestras Biblias y nuestros corazones a esta profunda verdad.
Introducción: La Oferta que Conmociona al Mundo
En un mundo que nos invita a “relajarnos”, a “seguir nuestro propio camino” y a buscar la “autorrealización” por encima de todo, las palabras de Jesús resuenan con una fuerza que desarma nuestros vanos pensamientos y emociones. Él no vino a ofrecer un simple ajuste a nuestra vida, un retoque o una nueva fachada, claro que No, Jesús vino a ofrecernos una revolución completa. Su llamado es claro, directo y exige una respuesta y compromiso total pues de otra manera corremos el riesgo de terminar en el basurero eterno de almas perdidas, el infierno.
Apocalipsis 3:16-18… “Pero por cuanto eres tibio, y no frío ni caliente, te vomitaré de mi boca. 17 Porque tú dices: Yo soy rico, y me he enriquecido, y de ninguna cosa tengo necesidad; y no sabes que tú eres un desventurado, miserable, pobre, ciego y desnudo. 18 Por tanto, yo te aconsejo que de mí compres oro refinado en fuego, para que seas rico, y vestiduras blancas para vestirte, y que no se descubra la vergüenza de tu desnudez; y unge tus ojos con colirio, para que veas.”
La Naturaleza del Llamado: Una Entrega Total y Radical
Jesús no deja lugar a medias tintas. En el Evangelio de Lucas (9:23) declara: “Si alguien quiere ser mi discípulo, que se niegue a sí mismo, lleve su cruz cada día y me siga”.
Negarse a sí mismo: No es simplemente renunciar a un placer ocasional. Es una abdicación del trono de nuestra propia vida. Es decir: “Ya no soy yo quien vive, sino que Cristo vive en mí” (Gálatas 2:20). Es morir a nuestra ambición egoísta, a nuestra comodidad como prioridad y a nuestra voluntad como ley suprema.
Llevar su cruz cada día: La cruz no es una enfermedad o una molestia. En el siglo I, la cruz era un símbolo de muerte pública y vergonzosa. Llevar nuestra cruz es aceptar diariamente el oprobio, la incomprensión y el costo de alinearnos con Jesús. Es estar dispuesto a ser identificado con Él, sin importar las consecuencias.
Dejarlo todo: Cuando Jesús dice que debemos dejar “casas, hijos, esposas” (Lucas 18:29), no está promoviendo el abandono de responsabilidades. Está estableciendo una jerarquía absoluta. Él debe ser el primero, por encima de los lazos más queridos y las posesiones más valiosas. Significa que nuestro amor por Él debe ser tan grande que, en comparación, todo otro amor parezca odio.
Las Implicaciones Prácticas: Un Amor Sobrenatural
Este compromiso total se manifiesta en acciones que desafían nuestra naturaleza humana caída. Jesús nos llama a:
Ser mansos y misericordiosos (Mateo 5:5,7): En un mundo de agresión, la mansedumbre es fuerza bajo control. La misericordia es extender gracia a quien no la merece, tal como Dios la extendió hacia nosotros.
Perdonar toda ofensa (Mateo 6:14-15): El perdón no es un sentimiento, es una decisión. Es desatar a la otra persona de la deuda que tenemos contra nosotros, porque nosotros hemos sido desatados de una deuda infinitamente mayor en la cruz.
Amar a nuestros enemigos (Mateo 5:44): Este es el pináculo del amor cristiano. No es un amor emocional, sino un amor de evolución y acción. Es orar por ellos, hacerles bien y buscar su bienestar supremo, que es que conozcan a Cristo.
Estas no son sugerencias para “super-cristianos”. Son los distintivos de todo aquel que dice seguir a Jesús. Son la evidencia de que Su Espíritu mora en nosotros.
La Promesa en Medio de la Prueba: La Perspectiva Eterna
Y aquí, hermanos, es donde la fe se aferra a la promesa. Este camino de negación y sacrificio no termina en la derrota, sino en una gloria indescriptible. Jesús no esconde la realidad: “En este mundo afrontarán aflicciones” (Juan 16:33). Habrá persecución por causa de su nombre. Seremos incomprendidos, ridiculizados y tal vez, en algunos lugares, hasta encarcelados o muertos.
Pero escuchen la promesa que resuena a través de los siglos, desde la voz de Pablo y Bernabé animando a las iglesias: “confirmando los ánimos de los discípulos, exhortándoles a que permaneciesen en la fe, y diciéndoles: Es necesario que a través de muchas tribulaciones entremos en el reino de Dios.“ (Hechos 14:22).
Fíjense en la palabra: “Heredaremos el Reino de los cielos”. Una herencia no se gana con esfuerzo, se recibe por relación. Por ser hijos. Las pruebas no son el boleto de entrada; son el proceso de refinamiento que prepara al heredero para poseer la herencia. El camino es angosto y difícil, pero conduce a la vida (Mateo 7:14). La cruz precede a la corona.
Conclusión: ¿Vale la Pena el Compromiso?
Entonces, frente a este llamado total, ¿cuál es nuestra respuesta?
¿Diremos, como el joven rico, que es demasiado costoso y nos iremos tristes? O diremos, como Pedro: “Señor, ¿a quién iremos? Sólo tú tienes palabras de vida eterna” (Juan 6:68).
Jesús no nos llama a una vida de miseria, sino a intercambiar lo temporal por lo eterno, lo que se desgasta por lo que perdura, una vida de comodidad egoísta por una vida de propósito eterno.
Hoy, Él te está llamando. Te llama a bajar de tu trono y a coronarlo a Él como Señor. Te llama a tomar la cruz de la fidelidad en tu trabajo, de la pureza en un mundo impuro, del amor en un mundo de odio. Te llama a confiar en que cada paso que des en obediencia, cada lágrima derramada por su causa, cada negación personal, está siendo registrada en el cielo y será recompensada con una gloria que sobrepasa toda comparación.
El compromiso es total, pero la recompensa es infinita. El costo es alto, pero el valor de Cristo es incalculable. La cruz es pesada, pero la corona de vida es eterna.
¿Aceptarás su llamado?



