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En la Hora de la Prueba, la Fe Es Nuestro Cimiento
En estos días de incertidumbre y dolor, cuando el peso de las redadas, la retórica hostil, degradante é insultante y la amenaza de la separación familiar se ciernen sobre tantos hogares latinos en Estados Unidos, es fácil sentirse como el salmista en el destierro, que clamaba: “¿Hasta cuándo, Señor? ¿Para siempre? ¿Hasta cuándo esconderás tu rostro de mí?” (Salmo 13:1). La angustia es real y palpable. Sin embargo, es precisamente en este valle de sombras donde la luz eterna de la Palabra de Dios nos ofrece un antídoto contra la desesperación y un fundamento inquebrantable para la resiliencia.
El Forastero en Tierra Ajena: Dios Conoce Nuestro Camino
La narrativa bíblica está tejida con las historias de migrantes como nosotros, exiliados y desplazados por las guerras y conflictos sociales, raciales y económicos. Abraham y Sara dejaron su tierra por un llamado divino, convirtiéndose en extranjeros en una promesa (Génesis 12:1). Moisés fue un refugiado en Madián antes de liderar la liberación de su pueblo. El mismo Señor Jesús, junto con José y María, vivió la experiencia traumática de convertirse en refugiado político en Egipto para escapar de la violencia de Herodes (Mateo 2:13-15).
Dios no es ajeno a nuestro caminar. Él no observa desde la distancia; Él camina con su pueblo en el éxodo como el que hoy vivimos, en el destierro y en la búsqueda de un lugar seguro. Cuando las políticas y los agentes malignos intentan hacernos sentir invisibles o indeseados en una tierra en donde todos somos extranjeros, la Escritura proclama a un Dios que ve al marginado. A Agar, la esclava extranjera y abusada, Dios le dijo en el desierto: “El Señor ha oído tu aflicción” (Génesis 16:11). Él los ve a ustedes. Él oye su clamor.
La Resiliencia de los Fieles: Más que Vencedores
La persecución no es un concepto nuevo para el pueblo de Dios. Daniel fue arrojado al foso de los leones por mantenerse fiel en una tierra extranjera. Ester arriesgó su vida para interceder por su pueblo ante un rey con poder absoluto. Los primeros cristianos fueron dispersados y perseguidos, y sin embargo, fue en esa dispersión donde la semilla del Evangelio echó raíces en nuevos suelos.
El apóstol Pablo, quien enfrentó encarcelamientos, azotes y naufragios, escribió con una convicción que resuena hoy: “En todas estas cosas somos más que vencedores por medio de aquel que nos amó” (Romanos 8:37). La victoria no siempre significa la ausencia inmediata de la prueba, sino la capacidad de perseverar con una esperanza que el mundo no puede comprender. Su resiliencia, su capacidad de mantener la familia unida, de trabajar con dignidad, de celebrar su cultura y su fe en medio de la adversidad, es un testimonio poderoso de que el espíritu humano, fortalecido por Dios, es inquebrantable.
Una Palabra para el Oprobio: “Ustedes Son Linaje Escogido”
Cuando el discurso público intenta etiquetarnos con el oprobio de “ilegales” o “indeseables” o “criminales”, la Biblia nos otorga una identidad diametralmente opuesta y gloriosa. El apóstol Pedro, escribiendo a creyentes que sufrían marginación y difamación, les declara:
“Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anuncien las virtudes de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable” (1 Pedro 2:9).
Su valor no lo determina un documento migratorio, sino el sacrificio de Cristo. Su dignidad no la define un gobierno, sino el hecho de ser hechos a imagen y semejanza de Dios. En el reino de Dios, nosotros no somos extranjeros; somos ciudadanos de la patria celestial (Efesios 2:19). Aferremonos a esta verdad como un ancla en la tormenta. No permitamos que el odio de unos pocos nuble la realidad de que somos amados y escogidos.
Hacia Adelante con Esperanza Activa
La esperanza bíblica no es pasiva; es una esperanza que se pone de pie y actúa. Es la que impulsa a las redes de apoyo comunitario, a los abogados que defienden derechos, a los pastores que abren las puertas de sus iglesias como santuario, y a cada padre que le enseña a su hijo que, a pesar de todo, su cultura y su fe son motivo de orgullo.
Mantengamos viva nuestra fe. Oremos por nuestros enemigos, como Cristo enseñó, pero también oremos por fortaleza y justicia. Apoyémonos unos a otros, porque “llévense los unos las cargas de los otros, y cumplan así la ley de Cristo” (Gálatas 6:2).
La historia no la escriben los faraones ni los Herodes de turno. La historia final la escribe el Dios de José, de Rut, de Ester y de Jesús, un Dios que especialmente se identifica con el forastero, la viuda y el huérfano (Deuteronomio 10:18). Este capítulo de dolor no es el final de nuestra historia. Caminemos con la cabeza en alto, arraigados en la fe, resilientes en el amor y llenos de la esperanza inquebrantable de que, al final, la justicia y la misericordia prevalecerán en el todo Poderoso Nombre de JESÚS, Amén.



